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SEPA: fase final 1 de febrero de 2016

business-idea-660080__180Nadie podrá decir que no se había avisado. Hace casi dos años ya se habló mucho al respecto, y tras unas primeras semanas de boom, el asunto se enfrió. Hasta ahora, en que nos toca abordar el tramo final de la zona única de pagos en euros.
El caso es que el 1 de febrero de 2016 se pone en marcha la última fase de implantación de SEPA. ¿Y esto qué significa? Pues nada nuevo que no supiéramos hace ya tiempo:
Desaparición de los productos nicho como el cuaderno 58.
Desaparición de los recibos físicos. Adiós a llevar papel a la oficina bancaria, si es que alguien lo seguía haciendo.
Eliminación de los recibos sin domiciliar: nos olvidamos de toda la historia de las xerocopias y su engorro.
– Utilización exclusivamente de ficheros en formato xml (salvo con algunas excepciones como particulares y microempresas).
Ya comenté en su momento que lo mejor era adaptarse a los nuevos requisitos cuanto antes para evitar el coste y tiempo de hacer una migración en dos pasos. Quien lo hizo así, se dará cuenta de que esto del año que viene no va con él, que ya lo tiene superado. Pero quien creyó que aquello era el cuento de David y el Lobo, se va a ver en la tesitura de adaptarse en breve y en un plazo improrrogable.
Desde mi punto de vista, lo que más problemas puede generar es la gestión de los recibos de cobro. Por un lado, es necesario recoger los mandatos de los clientes con la autorización para los adeudos domiciliados. Esto que ya de por sí llevará tiempo y burocracia, puede complicarse si el mandato es para el adeudo B2B, que plantea mayores reticencias.
Por otro lado, y más crítico, aquellos que utilizan el cuaderno 58 como fuente de financiación, pueden quedarse colgados. Aunque en una reciente jornada organizada por una entidad bancaria a la que asistí, se comentó que, aunque no estaba contemplado inicialmente, se dará la opción de financiar los recibos SEPA. Pero habrá que estar al tanto para que no se encarezcan las condiciones de financiación, algo que, sin duda, los bancos intentarán. Importante: no se podrán lanzar ni descontar cuadernos 58 con un vencimiento posterior al 1 de febrero de 2016. Todo lo que pase de esa fecha tendrá que estar en formato SEPA.
Por último, no quiero dejar de comentar que me sorprendió ver en la mencionada jornada, por las consultas que hacían algunos de los asistentes y conversaciones posteriores, el retraso o despreocupación en la adopción de los nuevos requisitos. No lo entiendo. El cambio no es tan drástico y hemos tenido tiempo más que suficiente.

La banca y los vicios adquiridos

finance-586405_1280No tengo por costumbre escribir artículos de opinión; por lo general, me limito a realizar breves comentarios marginales sobre algún tema, pero que de ninguna manera representan el cuerpo del post.
Sin embargo, desde hace algún tiempo me lleva rondando la cabeza la necesidad de escribir sobre la banca y sus prácticas. Ya sé que no soy nada innovador y que se han escrito ríos de tinta al respecto, pero algunos hechos de los que he tenido conocimiento en mi entorno profesional y personal, me han animado a tomar esta decisión. Parece mentira que con todo lo que ha llovido, y con la deuda moral (y económica) que han generado, las entidades financieras sigan teniendo comportamientos cuanto menos irregulares.
Primero. Se acuerda con la entidad financiera la realización de una operación (préstamo, tarjeta de crédito…) en unas condiciones determinadas. Cuando llega la hora de firmar el contrato nos encontramos con que dicho contrato no refleja lo pactado: de repente aparecen comisiones que no se iban a cobrar, o hay condiciones que no están en el contrato que se eleva a público sino en otro contrato privado… pero no hay que preocuparse porque siempre está el gestor de turno que dice “no se preocupe, lo que vale es lo que hemos comentado”. Entonces, ¿por qué no es lo que firmamos? ¿por qué quieren que se firme algo distinto? Este me parece un claro ejemplo de mala práctica bancaria. Como usuarios, tanto a nivel personal como empresarial, hay que exigir las cosas claras, y que se firme lo acordado. Ni más ni menos.
Segundo. ¿Qué decir de las comisiones fantasma en las transferencias internacionales? En el flujo de transferencias internacionales (fuera del sistema SEPA) intervienen unos bancos intermediarios que supuestamente son los que facilitan que los fondos emitidos por un ordenante en un país lleguen a al beneficiario en otro país. En el camino se quedan comisiones que nadie ha negociado. Ni el ordenante ni el beneficiario. Hay una fuente de ingresos para las entidades que operan como intermediarias que escapa al control del las partes. Desde mi punto de vista es una manera artificiosa de obtener ingresos, y no se explica que, en los tiempos que corren, las transferencias internacionales no se puedan gestionar de entidad a entidad mediante un sistema similar al de SEPA y a un coste ajustado. Creo más bien que no hay interés en meterle mano a un asunto que deja beneficios tan fácilmente.
Tercero. ¿Qué me dicen de ? En su mayoría personas bienintencionadas, pero que ante cualquier exigencia, cualquier solicitud de explicaciones se encogen de hombros como diciendo “no soy culpable”, “viene de arriba” o “no puedo hacer nada”. Pero parece que siguen sin darse cuenta de que para nosotros ellos son el banco. Ellos han de darnos soluciones. Han de asumir y explicar las directrices de su empresa, y si no están de acuerdo, quizás deban buscar otro trabajo. Pero no escurrir el bulto, que para vender productos no se andan con tantos remilgos.
Estos son solo algunos ejemplos que he detectado recientemente. Quizás no son los más graves, pero marcan una tendencia. Es la tendencia de mirar solo por sus intereses y no buscar un acuerdo justo entre las partes. Y ante eso, y a falta de una normativa más protectora para con el usuario, debemos mantenernos firmes: revisar cada contrato, reclamar cada comisión injustamente cargada, denunciar las malas prácticas, asociarnos…

Too big to fail de Andrew Ross Sorkin, o cómo se desató la mayor crisis financiera en décadas

61Sy1mRL4lL._SY344_BO1,204,203,200_Me acerqué a este libro intentando comprender las claves que nos llevaron al devastador crac financiero que comenzó en 2008 y que derivó en la profunda crisis que le siguió y en la que todavía estamos inmersos (en algunos lugares más que en otros, como es bien conocido).
El autor nos presenta su obra, no como un ejercicio académico o un sesudo análisis, sino como un relato de los acontecimientos y los protagonistas que intervinieron en el desenlace del colapso. Por las páginas de este voluminoso libro (618 en mi edición de bolsillo) desfilan un montón de personajes, y vemos cuáles fueron las decisiones que tomaron en los días más frenéticos de la crisis (septiembre de 2008). Quizás ese, precisamente, es el punto fuerte del libro; a medida que avanzamos en la lectura, vamos formándonos nuestra opinión e intuimos cuáles fueron las causas de la crisis.
De esta manera, a mí me queda claro que en la base de la crisis los factores más relevantes fueron unas entidades financieras excesivamente endeudas (como el resto del mundo) fruto de una política expansiva de dinero fácil y barato; unos gestores muy proclives a realizar inversiones arriesgadas y sobre productos muy complejos, que les reportaban astronómicas remuneraciones; una normativa laxa, y unos reguladores muy sensibles a los deseos de los grandes bancos en un entorno endogámico; unos bancos muy interrelacionados que expandieron lo malo (y bueno, cuando lo hubo) como una epidemia mortal; y por qué no decirlo, una bonanza económica de la que no se había disfrutado en décadas que hizo de lubricante, y de la que todos queríamos participar (y nos hicieron creer que era posible).
Los banqueros son mostrados como actores en una desesperada lucha contra el reloj para que su institución no sea la siguiente en caer, perder su puesto y sus jugosos honorarios. Egoístas obsesionados con salvar su culo (nada de patriotismos ni defensas del libre mercado), que no dudan en suplicar la ayuda de la Administración americana. Una Administración que se ve incapaz de hacer frente al tsunami que se le viene encima, y que titubea sobre si deja actuar al mercado, pero que al final intervine con todas las herramientas a su alcance, incluida la constitución de un banco malo (¿les suena?).
Y de todo aquello, ¿qué hemos aprendido? Me temo que bien poco. La tan cacareada modificación de la regulación de las entidades financieras para hacerla más rígida se ha quedado a medio camino, los bancos supervivientes tienen un tamaño descomunal con lo que su riesgo sistémico es mayor que nunca, no ha habido asunciones de culpa, y como mucho, se ha dado carpetazo al asunto a base de multas, pero sin depurar responsabilidades. Si no se implementan medidas correctoras, corremos el riesgo de que, cuando haya pasado tiempo y nos hayamos olvidado, algunos vuelvan a correr grandes riesgos y cometer los mismos errores.

En definitiva, este es un libro necesario para comprender un momento de la historia. Quizás es un poco largo, aunque su lectura es amena como pudiera ser la de una novela de intriga, sólo que ésta no es ficción.